Cuento: Contar estrellas

Autor: Reuvén Mirón
Fuente: 
Studio Shenkin

En Afula, no lejos de la estación central, hay un hotel con el nombre “Carmel”. Una mujer, que pasó allí la primera noche tras abandonar su hogar, se levantó por la mañana, se higienizó  y luego se dijo: “Finalmente puedo paladear todo este placer presente”. Ella misma me contó estas cosas durante el desayuno que tomábamos casualmente juntos, sentados a la barra en el bar de la estación. Yo esperaba mi micro para seguir viajando. Ella me dijo que no esperaba nada. Los huevos y la ensalada  incluidos en  su menú los cambió por tres tazas de café adicionales.

Llegó mi micro, dijo que lo lamentaba, porque me quedaba aún media taza de café y porqué debía partir tan rápido. “Pero no importa”, dijo “Contá las estrellas y cuando termines volvé aquí a decirme cuantas hay”.
Unos días más tarde, al volver al hotel a decirle cuantas estrellas había contado, el recepcionista me sorprendió con una pregunta: “¿Cómo, no se  enteró?”.

Sacó de un cajón de su escritorio el diario local y me lo alcanzó.
Leí la noticia que alguien había rodeado con un trazo negro circular, irregular.

“Dígame si no es terrible”, dijo el recepcionista mientras me sacaba el diario, lo plegaba y lo retornaba al cajón.

“Mi micro llega dentro de pocos minutos”, dije.

Volví a la calle y caminé hacia la estación, pero el ómnibus no llegó. Me acomodé en la barra del bar y pedí media taza de café.

 

Reflexiones

Reuven Mirón. Nacido en Kfar Saba, en 1946.

Publicó entre otros libros: “Memorias de una época muerta” Tel-Aviv, 1996,  “Pájaro de plomo”, Tel-Aviv 1988, “El loro calló dos veces”, Tel-Aviv, 1978.

Este es un cuento narrado en primera persona por un personaje testigo, quien casualmente, en el intervalo de un viaje rutinario, se mete en la vida de una mujer innominada, verdadera protagonista del relato.

Sucede en Afula, en el bar de la estación de micros, en los alrededores del hotel “Carmel”, en una época indeterminada, y en dos períodos, pautados por una breve ausencia del testigo, períodos enlazados por un sugestivo encargue de la protagonista, quien le pide, en un encuentro casual, durante un desayuno paralelo en la barra del bar,  que cuente las estrellas del cielo, y vuelva a ella con la cifra.

En el segundo período, el encuentro no se produce. El vuelve con las estrellas contadas, pero ella no está.

El tercer personaje del cuento, el recepcionista del hotel donde ella se había alojado, le transmite algo que sucedió con ella, le presenta un diario local con una noticia acerca de la protagonista, y califica a la noticia como “terrible”.

Nosotros, lectores, no nos enteramos de la noticia. Podemos fantasear acerca de lo que sucedió con la mujer. Algo notorio y notable como para ser publicado por un diario. Algo “terrible”, destacado por alguien que enmarca la noticia con un trazo grueso de un marcador negro, y que merece ser guardado en un cajón del escritorio del recepcionista del hotel.

El narrador en primera persona se escabulle de nosotros. Nos deja colgados de su lapicera y no nos cuenta nada. Le interesaba la mujer y vuelve a ella con el argumento propicio para seguir con el jueguito de las estrellas, y así estrechar el vínculo con una mujer interesante, quien acababa de abandonar su hogar, la noche anterior. Estaba paladeando el placer presente, le contó ella.

El narrador está apurado, su micro saldría ya, pero no llega. Y allí nuevamente se sienta a tomar media taza de café, como cuando estuvo con la mujer, antes.

¿Toma media taza en su homenaje, o siempre tomaba café de a media taza?

Se mete en su mundo subjetivo y nos deja a los lectores con dudas acerca de lo “terrible” que sucedió con la mujer.

¿Está enamorado y volvió con el truquito de las estrellas para seguir algo muy lindo que le pasaba y proyectarse a un futuro de “placer presente”?

¿Estamos en el campo de lo “ordinario”, es este un cuento realista, se rige por los hechos de la Física, la Historia, la Sociología?

¿O podemos entrar en los campos de lo “extraordinario”, lo onírico, los meandros de alguna pesadilla, o alucinación, o la intoxicación que puede  producir en lectores de noticias acerca del Medio Oriente un determinado monto de angustia que lo incluya y desborde?

¿Nos quedamos, lector de este curso virutal de Studio Shenkin, con el realismo minimalista de la propuesta o intentamos meternos en la trama y opinar?

¿Es la literatura algo dado, permanente, inmutable, o, con un relato de estas características podemos jugar distinto?

¿Se anima, lector, a aventurar con su comentario, qué sucedió con la mujer de marras?

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